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Aunque clasificar a la gente no es nunca muy buena idea, si hablamos de “tipos” de personas según sus habilidades comunicativas y de relación, podríamos llegar a considerar tres categorías: las pasivas, las agresivas y las asertivas.

Y rescatando la idea que no conviene etiquetar ni clasificar taxativamente, debemos tener en cuenta que todas las personas tienen, en mayor o menor proporción, un poco de cada una de estas categorías.

¿Cuál es el reto, aquí? Aumentar al máximo nuestro nivel de asertividad en detrimento de la pasividad y la agresividad.

¿Y qué es ser asertivo?

Es la comunicación más socialmente sana y respetuosa. Y la más eficaz, también.
Es aquella habilidad que nos permite expresar nuestros sentimientos y opiniones, y defender nuestros derechos, siempre sin pasar por encima de otras personas ni herir sus sentimientos.

Es aquella capacidad de no querer llevar razón a toda costa sino a saber que podemos estar equivocados des de la calma, manteniendo una conversación con diferentes puntos de vista para alcanzar el entendimiento y con ello solucionar las posibles discrepancias.

No es fácil, mantener una actitud asertiva en una sociedad como la nuestra. En este sentido, Manuel J. Smith, psicólogo e impulsor de la terapia asertiva sistemática, definió en su libro Cuando digo NO, me siento culpable, lo que él llamó “los derechos asertivos”.

Se refería a los derechos que defienden nuestras propias necesidades y afirman nuestras aspiraciones frente a las exigencias de los demás, sin manipular los ajenos, ni llegar a utilizar comportamientos agresivos o violentos o reacciones defensivas.

¿Cuáles son los derechos Asertivos?

El derecho a ser tratado con respeto y dignidad

Seguro que has vivido mil veces alguna situación parecida a la siguiente: estás haciendo cola para subir al autobús y alguien se te cuela; te enfadas, pero no te atreves a decirle nada.
Aquí ha ganado tu actitud pasiva y, aunque sólo sea por un momento, te invade cierta insatisfacción.
No se te ha respetado tu derecho asertivo.

El derecho a tener y expresar los propios sentimientos y opiniones; y a ser escuchado y tomado en serio.

Tenemos derecho a evaluar y expresar lo que pensamos, lo que preferimos, lo que sentimos.
Podemos ser honestos, claros y firmes, y esto no tendrá nada que ver con ser descortés o agresivo.
¿Un ejemplo?
Poder mantener una discusión en la que todas las partes expresen sus opiniones sin que ninguna imponga la suya sin convencer realmente.

El derecho a juzgar mis necesidades, establecer mis prioridades y tomar mis propias decisiones.

Es decir: el derecho a ser independiente y a decir “NO” sin sentir culpa.

¿Cuántas veces has hecho algo que en realidad no querías hacer, sólo por miedo a lo que pensaran de ti?
Como aquel día que acompañaste a una amiga al aeropuerto aunque te iba fatal porque tenías mucho trabajo.

Es importante que no andemos diciendo lo que los demás quieren oír, sino lo que nosotros queremos expresar.
No hay que confundir ser capaz de hacer un favor con someterte a la voluntad de otro.

El derecho a pedir lo que quiero, dándome cuenta de que también mi interlocutor tiene derecho a decir “NO”.

Otro ejemplo: llevas tiempo pensando que mereces un aumento de sueldo, pero no se lo planteas a tu jefe. Te convences de no hacerlo diciéndote “está claro que no es lo más adecuado tal y como están las cosas”.

Pero te olvidas de lo más importante: tú mereces este aumento de sueldo y el peso de decirte si puede o no puede ser no debe recaer sobre ti, si no sobre tu jefe.
Porque, en definitiva, esto forma parte de su trabajo, va con su sueldo.
No hagas su trabajo.

El derecho a cometer errores. El derecho a cambiar.

Todos cometemos errores, creer lo contrario es vivir engañado. Tenemos derecho a cometerlos, a darnos cuenta, a repararlos y a cambiar.

Se trata de uno de los derechos asertivos de mayor dificultad cuando caemos en la autoexigencia.
Una actitud asertiva implica juzgarnos a nosotros mismos por los errores que cometemos, asumiendo que fallar es humano, es decir, algo normal y aprendiendo con responsabilidad del error para evitar cometerlo en situaciones futuras, pero liberándonos de las culpas asociadas.

El derecho a pedir información y ser informado.

Imagínate que tu pareja ha hecho algo que os afecta a los dos sin comentártelo antes. Ha vulnerado un derecho tuyo, eso lo sabemos. ¿Qué haces?

Con un estilo agresivo le dirías algo así como: “¡Siempre haces lo mismo y me haces sentir que nunca sirve para nada lo que te digo!”.

Con un estilo pasivo, tu reacción podría ser no decir nada y pensar que en realidad exageras, que no hay para tanto.

Y con un estilo asertivo le señalarías que no te ha pedido tu opinión para tomar una decisión que te afecta y que debería haberlo hecho.
Escucharías su explicación y, si no te convenciera, volverías a indicarle cómo te ha hecho sentir.

El derecho a tener éxito, a gozar y disfrutar, a superarme, aun superando a los demás.

Buscar el éxito no es ser egoísta.
De hecho, tenemos derecho a querer que los demás se alegren de nuestros éxitos igual que nosotros nos alegramos de los suyos.

Superarse a uno mismo es gratificante, dejar de hacerlo por querer evitar que otro se sientan inferiores, es cometer un grave error que no beneficia a nadie.

Porque hacer caso a nuestros deseos y a nuestras necesidades es mucho más gratificante que no hacerlo, sobre todo a largo plazo.

El derecho a obtener aquello por lo que pagué; a decidir qué hacer con mis propiedades, cuerpo, tiempo, etc., mientras no se violen los derechos de otras personas.

Otra vez: un favor no es una obligación.
Por ejemplo, si te acabas de comprar un coche nuevo y una amiga te lo pide, ¿debes prestárselo? No necesariamente.

La reacción pasiva sería decirle “bueno, está bien te lo presto, pero lo cuidas…”; la reacción agresiva sería gritar ““¡ni de coña, es nuevo!”, y la asertiva sería explicarte:
“Lo siento, de verdad, pero no me gusta prestar mi coche porque si pasara alguna cosa nos traería muchos problemas y nuestra amistad podría resentirse”.

El derecho a decidir no ser. El derecho a mi descanso, aislamiento, siendo asertivo.

Nuestras emociones no son incorrectas. No somos malas amigas por no acompañar a alguien al aeropuerto, no somos intolerantes por no dejar que se cuelen en el autobús y estamos en nuestro derecho de pedir un aumento de sueldo.

¿De qué se trata, en definitiva?
De ser tu propio juez, tener tu propia opinión, tu propio sistema de valores y creencias y actuar en consecuencia.

Esta actitud conlleva asumir que eres la máxima responsable de tu vida, así como que puedes elegir cómo pensar, cómo sentir y actuar en cada situación, liberándote así de los mandatos sobre lo que se debe o no se debe hacer.

Ser tu propio juez significa también poder expresar a los otros lo que sientes y piensas y afrontar que no les guste.

Te animo a reflexionar sobre ello y espero que te sean útiles y que puedas experimentarlo.

Y si tienes cualquier duda, no dudes en contactarme o poner tu comentario en este post.
Estaré encantada de ayudarte en lo que haga falta.

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Bárbara Esteve es licenciada en Psicología y tiene un máster en Psicología Clínica y de la Salud, así como un Máster en Sexología Clínica y Terapia de Pareja

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Laura Betés es licenciada en Psicología y tiene un máster en Psicología Clínica y de la Salud, así como un postgrado Acompañamiento holístico en procesos de pérdida y duelo
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Neus Franquesa Oliveres es licenciada en Psicología y tiene un máster en Sexología clínica y salud sexual, y otro en Psicología clínica y de la salud. También tiene un postgrado en Terapia de pareja y es miembro de la Junta de la Societat Catalana de Sexologia.

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