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Hay una gran diferencia entre oír y escuchar; así como entre sentir y percibir. Y en esta diferencia podemos encontrar la clave para resolver los problemas de comunicación.

Hay una diferencia fundamental entre oír y escuchar. El primero es la simple acción del sentido de la audición por inercia, el segundo supone estar realmente dispuesto a depositar nuestra atención en una conversación. Y esto, sin duda, es la clave para resolver los problemas de comunicación tan propios en una pareja.

Si vamos un poco más allá, podemos diferenciar, también, entre sentir y percibir. Y es que los procesos de sensación y percepción son distintos e involucran tanto elementos a nivel fisiológico como a nivel cognitivo.
El primero, la sensación, implica a los órganos sensoriales y al sistema nervioso. Para que nos entendamos, es lo que nos permite ver el rojo, rojo; y el verde, verde.
El segundo, la percepción, es mucho más complejo. Aquí intervienen la cultura, las experiencias, los valores, las expectativas personales… en definitiva, intervenimos nosotros, lo que somos.

Los problemas de comunicación suceden sobre todo cuando las ideas no son expresadas asertivamente y cuando la escucha no conlleva un ejercicio atento y consciente de respeto y consideración por la postura del otro. Es decir, cuando no se apuesta por escuchar sin dejar que nuestra percepción previa de las cosas nos impida poder entender la postura de la otra persona.

La percepción en tres fases

El proceso de percepción se puede definir en tres pasos: la selección, la organización y la interpretación, por este orden. Pasamos por ellas de manera inconsciente, lo que no significa que no podamos, activamente, dedicar un esfuerzo a mejorar algún paso para conseguir una percepción más acorde con lo que nos quieren transmitir.

La percepción empieza con la selección de contenido o de estímulos externos. Es evidente que vivimos rodeados de miles y miles de estímulos, la decisión de fijarnos en unos u otros no es aleatoria, sino que viene dada por nuestra predisposición, sea consciente o inconsciente. Es aquello tan típico que ocurre cuando, al finalizar una discusión, nuestra pareja nos recrimina que hemos escuchado sólo lo que queríamos escuchar. Es altamente probable que sea justamente esto lo que haya ocurrido, por ambas partes seguramente, y es por eso que llegar a un acuerdo resultará más complicado.

La segunda fase del proceso de percepción es la organización de los estímulos. Esto es cuando los impulsos nerviosos enviados desde los receptores sensoriales son conducidos al cerebro, y allí construimos una representación mental de ellos. El problema aparece cuando un estímulo resulta confuso. Esto puede provocar que construyamos múltiples representaciones mentales y que estas no coincidan con las de la persona con quien estamos hablando. Son las típicas discusiones que nacen cuando asumimos, damos por buenas nuestras representaciones mentales, en lugar de indagar realmente qué se nos estaba queriendo transmitir.

Y, por último, la tercera fase de la percepción es la interpretación propiamente dicha. Nuestro cerebro ya ha recibido y decodificado la información, y entonces nuestro esquema cognitivo otorga significado a los estímulos. Lo hace basándose en nuestras experiencias, creencias, personalidad y contexto sociocultural.
¿Qué puede pasar? Pues que una interpretación fundamentada en prejuicios o experiencias negativas refuerce creencias irracionales e incluso perjudiciales.

No vemos las cosas como son, sino como somos

Son muchos los factores que pueden influenciar en el proceso de interpretación; vamos a citar unos cuantos:
– La motivación: nuestras necesidades más inmediatas pueden impulsar una percepción distorsionada de la realidad.
– Los valores, entendido como el conjunto de ideas, creencias o convicciones que llevamos con nosotros. Es fácil tender a acomodar lo que percibimos de modo que no nos resulte contraindicativo; es lo que se llama sesgo cognitivo.
– Las expectativas, las ideas preconcebidas del cómo deberían ser las cosas.
– La experiencia y cultura. Nos basamos en unas costumbres y tradiciones.
– La personalidad, nuestras características más estables que pueden pronosticar nuestro comportamiento.

Es imposible evitar que nuestras experiencias personales y nuestras creencias o nuestra cultura influya en nuestra manera de entender las cosas. Lo que debemos hacer, aquí, es tomar consciencia de ello. Ser consciente en todo momento de que nuestro juicio es únicamente uno de los tantos matices posibles que conforman la realidad.

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